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Segunda Época | Mes Febrero/2019 | Año 5 | No. 45

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Francisco Maceo Osorio

 

Digno hijo de Bayamo

Yolanda Aguilera Iglesias

Una hoja de mis memorias

 

A Francisco Maceo Osorio

 
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Francisco Maceo Osorio

 

En la heroica y gloriosa ciudad de Bayamo nació el 26 de marzo de 1828, el prócer de nuestra gesta emancipadora Francisco Maceo Osorio, figura cimera de la epopeya del 68, enemigo irreconciliable del régimen colonial, y a quien se ha llamado “el gran olvidado y desconocido”. Hijo de padres acaudalados, cursó sus estudios preliminares en su ciudad natal, y pasó luego a España donde se graduó de abogado y ejerció su profesión durante algún tiempo. Al regresar a Bayamo abrió allí un bufete alcanzando éxitos notables en su carrera. Donde quiera que asomaba un gesto de rebeldía, allí estaba él estimulando con su autoridad y prestigio.
Decidido por la conspiración, como única solución al problema de Cuba, fundó el periódico “La Regeneración”, que llegó a ser, por la libertad que observaba en sus artículos de galana prosa, el terror de los adictos a la colonia. Secretario de la Logia “Redención”, que fundara Aguilera, “llevaba sobre sus hombros el peso de la organización del movimiento revolucionario”, que prosperó extraordinariamente gracias a la gran ascendencia que ejercía su personalidad extraordinaria entre sus contemporáneos.
Organizado ya el movimiento insurreccional en toda la región oriental, para asumir la jefatura de los grupos rebeldes en Bayamo fueron designados Aguilera, Perucho Figueredo y Maceo Osorio.
Hallábase este laborando con afán por el pronunciamiento señalado para el día 14 de octubre, cuando tuvieron lugar los sucesos en La Demajagua. Por Figueredo se enteró de lo sucedido y con éste y Donato Mármol abandonó el pueblo la misma noche del 10 de octubre, internándose en el campo, “de cuyos intrincados bosques no había de salir jamás. Soldado de la patria desde aquellos momentos, los laureles del héroe, pero también las espinas del mártir, habrían de coronar su frente de patriota”. El día 15 por la noche se unió a Céspedes en la sabana de Valenzuela y con él estuvo en la toma de Bayamo, batiéndose al lado de Figueredo y Mármol.
Nombrado General por Céspedes, ya reconocido como Jefe de la Revolución, encargándole la toma de Guisa la que realizó al frente de 200 hombres. Desempeñó luego la Jefatura de las fuerzas de Holguín, ciudad que no pudo tomar por la superioridad y ventajas de que gozaba el enemigo, pero hubo de distinguirse en las acciones de Santa Rita, Baire y Jiguaní. Vuelto a Bayamo, Céspedes lo nombró su Secretario Particular.
Cuando murió en 1871 el insigne patriota Antonio Lorda que desempeñaba la Secretaría de la Guerra, fue nombrado Maceo Osorio para ese importante Departamento de Gobierno en armas. De incalculables beneficios para la revolución fue su labor al frente del mismo. “Enérgico y severo cuando lo requerían las circunstancia; moderado previsor en todo momento, su actuación como Secretario de la Guerra impulsó a las armas libertadores y consolidó el prestigio de la Revolución”.
Cuando ya las privaciones y los disgustos había abatido su naturaleza física: las fiebres perniciosas lo habían postrado por las carencias de medicinas para combatirlas. En lamentable estado hubo de trasladarse a las serranías de “Guamá”; y allí, al cuidado de dos ancianos, los esposos Bárzaga, inició su curación. Pero el mal hacía progresos. El fin se acercaba.
En “Guamá”, cuando lo abandonaba la fiebre, se dio a escribir sus memorias, “que eran la historia fidedigna de aquella guerra terrible que había nacido de un gesto suyo cuando todo le sonreía en la existencia”, comenta un biógrafo. La escasez de alimentos y medicinas consistentes estas en raíces y hojas de plantas silvestres lo llevaron a un estado de postración absoluta obligándolo a permanecer acostado en un camastro de cujes cubiertos de pencas y palmas secas. Vanos fueron los solícitos cuidados de los ancianos Bárzaga.
Enterado el Presidente de la República, a la sazón Cisneros Betancourt, designó una comisión para que lo visitara y procurara embarcarlo para los Estado Unidos con el fin de lograr su curación. La patria podía esperar todavía en él grandes servicios, pensaban sus conmilitones.
Los comisionados, entre los que estaba el comandante  Jesús Pérez, lo hallaron tendido inmóvil bocarriba en su camastro. Abrir los ojos al percatarse de la presencia de sus antiguos compañeros y quiso levantarse, pero el comandante Pérez, adelantándose, lo hizo permanecer decúbito. La voz del enfermo era casi inaudible, Pérez le expuso la misión que traía del Gobierno, embarcarlo para los E.U, a fin de que allí recobrara la perdida salud y pudiera continuar la lucha, donde hacía falta. Debía partir sin tardanza.
“Maceo Osorio, hasta aquellos momentos, tranquilo, se inclinó como pudo y contestó con voz que todos escucharon sin dificultades:
“-No, comandante Pérez. Puede decirle al Sr. Presidente que mi fin está cercano; y que antes de ir a los Estados Unidos, prefiero morir aquí, en Cuba libre, cuidado por estos dos ancianos…Hacer lo contrario sería abandonar mi puesto”.
En vano insistieron los comisionados. Maceo Osorio no accedió y hubieron de partir para informar al Gobierno del fracaso de su gestión.
Dos días después, el 6 de noviembre de 1873, dejó de existir el ilustre patriota que lo dio todo por Cuba, el hombre que dijera un día: “Cuando me lancé a la revolución me descoyunté el alma y tiré a un lado esas afecciones que constituyen el encanto de la vida”. Fue sepultado, envuelto en yaguas, únicos féretros de que disponía la revolución, “abandonado y pobre, pero demostrando con su muerte la elevación del ideal que lo había lanzado a la protesta” armada. (TAM).

NOTA: Tomado de un fragmento de la revista Bohemia del 20 de febrero de 1973. Año 65, No.8
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Digno hijo de Bayamo

Yolanda Aguilera Iglesias

Francisco Maceo Osorio era hijo del doctor en Farmacia, Pedro Manuel Antonio Maceo Chamorro y la joven Luisa Osorio Ramírez, natural de Santiago de Cuba. La familia contribuyó en la educación de Francisco y logró que ingresara en el convento de Santo Domingo, bajo la regencia de los discípulos de Santo Tomas de Aquino, con buena aceptación. Cuando los maestros se trasladaron a La Habana lo llevaron con ellos y luego a Valencia para continuar sus estudios. Después de un tiempo ingresa en la Universidad de Barcelona y obtiene el grado de Bachiller en Leyes luego en la Central de Madrid, recibe el título de Licenciado en Legislación y Jurisprudencia.
En el año 1859 retorna a Bayamo, abre su bufete y logra gran aceptación por el pueblo. Dominaba varios idiomas y poseía una gran cultura. Estaba casado con su prima Concepción Remón e Infante. En 1863, logró alcanzar por oposición el cargo de juez de primera instancia de la villa, debía dirimir en la acusación del abogado Pedro Figueredo, quien acusaba al alcalde mayor Manuel Jerónimo Suárez por incompetente.
Las autoridades coloniales, pensaron que eso era una burla a uno de sus funcionarios y nombraron juez a Maceo Osorio, y aceptó el cargo de injuria presentado contra Pedro Figueredo, que fue sancionado a ocho meses de arresto domiciliario. Esto causó en Perucho una reacción negativa hacia Maceo Osorio. Transcurrido un tiempo la reflexión hizo que se reconciliaran por el peso que tenían sobre sus hombros de la organización del movimiento revolucionario.
Como fieles servidores de la patria, debían conocer los laureles del héroe, pero también las espinas del mártir, que habrían de coronar sus frentes de patriotas. En opinión de Carlos Manuel de Céspedes, Maceo Osorio debía haber renunciado antes de tomar el caso pues él sabía que Perucho tenía la razón. En el año 1864 Maceo Osorio comenzó a editar el periódico La Regeneración que fue el segundo que nacía en Bayamo.
En diciembre de 1865 Osorio, entró en contacto con Francisco Vicente Aguilera, Esteban Estrada y Lucas del Castillo, con el objetivo de formar El Comité Revolucionario. El día 15 por la noche se unió a Céspedes en la sabana de Valenzuela y con él estuvo presente en la toma de la ciudad, batiéndose al lado de Perucho Figueredo y Donato del Mármol. En la noche del 18 proclamaron a Aguilera jefe único del movimiento. El día 19 Maceo Osorio fue investido con el grado de general, autorizándolo a tomar por las armas el poblado de Guisa aún en poder del enemigo. Retornó a Bayamo con el triunfo.
Esta acción le valió ser comisionado en compañía de Grave de Peralta para el ataque y toma de la ciudad de Holguín. De regreso Céspedes le nombró su secretario particular. Desde ese momento se transformó en el colaborador más efectivo del Padre de la Patria. Fue Maceo Osorio el que propuso la reunión de los patriotas en el Ayuntamiento para deliberar sobre el avance de Valmaseda la noche del 11de enero de 1869 donde se tomó el acuerdo de prenderle fuego a la ciudad. La casa de su padre Pedro Maceo fue la primera en ser quemada como un ejemplo de rebeldía.
Constituido el Gobierno de la República en Guáimaro, continúo desempeñando su cargo de secretario particular de Céspedes. En 1871, debido a la muerte del benemérito Antonio Larda que desempeñaba la secretaria de la guerra, fue nombrado secretario de ese departamento. Su labor fue afectada por una enfermedad violenta. Las fiebres lo postraron, se mantenía en cama. Enterado el Presidente de la República, nombró una comisión para que lo embarcasen a los Estados Unidos, con el fin de que los emigrados le dieran atención médica. Maceo Osorio se negó.
El hombre se sentía con suerte por haber cumplido con su deber, como bayamés y cubano y poder contribuir con su felicidad de su patria. Murió el 11 de diciembre de 1872 en Guisa, en la finca Los Horneros. Ante los obstáculos, era temido por su acometividad. Es importante reconocerle que sin él la juventud de aquellos días hubiera permanecido aletargada. Donde quiera que asomara un gesto de rebeldía allí estaba. Estos son los hombres que han marcado su nombre en Bayamo.

Nota: Citas textuales de Francisco Maceo Osorio, tomadas del libro Bayamo de Maceo Verdecía, páginas 92, 93, 94 y 98. Cuatro Siglos de Historia de Bayamo de Enrique Orlando Lacalle 1947.

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Una hoja de mis memorias

 

(Al mártir ciudadano Pedro Figueredo Cisneros.  11 de febrero de 1873)

Bayamo, que había sufrido todos los ímpetus de la desesperación, que tenía en su corazón una tercera aureola para contener sus resentimientos,  y se sentía morir de envilecimiento, pasó un día su mano por la despoblada frente y pensó.
Pensó en su triste situación y en la de las pobres criaturas que se alimentaban de sus entrañas y le pedían taciturnas el pan de la inteligencia, de la dignidad, de la libertad, de la igualdad.
Pensó después en sus emancipados hijos de Holguín, Tunas y Manzanillo que arrastraban la propia mísera existencia a pesar de su virilidad. Recapacitó. Puso la mano en su pecho, y sintió que era la hora de obrar. Se irguió como una serpiente que se apercibe al ataque.
Desde entonces arregló sus cabellos de indio que tenía sin lustrarse, ensayó sonrisas de benevolencia, habló frases, se sentó a la mesa de los festines y brindó al placer; mientras en secreto afilaba el machete y cargaba el rifle con que había de conquistarse un lugar en el  martirologio de los pueblos libertadores.
Una noche entre los velos de la madrugada, se incorporó silencioso en su lecho, extendió sus manos y despertó uno a uno a sus tres hijos y les dijo: no durmáis más; para ser buenos padres, es necesario ser buenos hijos. Cuba es nuestra madre y nos pide venganza. Venganza: exclamaron todos y no durmieron ya más.
El viejo se recogió y dijo para sí: “aunque ya vuelen mis cenizas, Cuba esclava se hará libre, y la idea triunfará”. Suelto el pensamiento se difuminó por el espacio, adoptó todas las formas, llamó a todas las puertas, tocó todos los corazones, revoloteó en torno a todas las frentes de la joven Cuba, y no faltaron blancos cabellos que se tiñeron del rubio color del fuego patrio.
Cuando se estaban conciliando las nobles y ardientes resoluciones del corazón con los profundos y delicados cálculos de la inteligencia cuando los arúspices  consultaban el vuelo de las aves y trémulos los sentidos estaban aterrados al golpe del péndulo y a la saeta que debía marcar el instante de los instantes… el joven Manzanillo rompió aquel solemne silencio y dio al aire el gran grito de guerra en la “Demajagua” corriendo impremeditadamente a una de las cavernas en que se albergaba el León Carnicero.
Yara dio un grito de dolor y sacudió flébiles manos en señal de alarma y las huestes corrieron advertidas a rehacerse de la sorpresa. Entonces el padre Bayamo, herido en su corazón, arrancó sin dolor de su alma el laurel de la primacía y revolviéndose sobre sí, descargó con todas sus fuerzas tres certeros golpes sobre la fiera que clavaba las garras en su pecho y amenazaba triturar sus huesos y los de sus hijos; y abrazado en lucha desigual con ella, sintió que otras manos que circulaba su propia sangre, y otros esfuerzos ataban y postraban al gigante de los siglos. Entre el alarido de la derrota, se oía el clamoreo de la victoria, y entre el coro grave de los lidiadores, se entrevéis la nota argentina de las amazonas que habían renacido a los tiempos heroicos de la patria redentora.
Las  brisas, el sol, las aguas y las flores aparecieron como creadas por un nuevo “fiat”. El Génesis de aquella creación arrancó el día 20 de octubre de 1868, en que acabó el caos de la conquista y principio la era de la libertad. El alma fue lavada y el cuerpo purificado. El cielo celebró un nuevo pacto con los pobladores de aquella tierra de promisión, y se gozó en perpetuo día, bajo un cielo de terso azul y rosa, entre gasas de inmaculada blancura y a la luz se solitaria estrella rutilante como un sol de las delicias imaginadas del cielo; mientras que el Patriarca indio, jadeante, se sentó en medio de su tribu, contó con ansiedad indescriptible sus hijos, besó la frente de los que habían escalado el templo de la gloria muriendo noblemente por la doctrina santísima, ungió sus cabellos con óleo de eternidad, abrió con entereza sus tumbas y las cubrió de flores que no se marchitarán nunca.
Luego se alzó en un nuevo Sinaí, congregó las gentes, les dejó oir su voz, y entre resplandores divinos, extendió sus brazos a Oriente y Occidente, como marcando a los guerreros el curso que debía seguir en sus peregrinaciones, pendientes de los aojos del sol y derramando como él, la luz, y si necesario fuere, el rojo raudal de su sustancia.
Cursaron los tiempos, el pacto fue violado, la ley quebrantada; los hijos del deleite titubearon en la fe y recogieron sus tiendas. La ambición se posó, velada de negros cendales, sobre las crecientes ramas del árbol de la libertad. La debilidad dejó caer sus lacias manos y dobló su débil cuello murmurando plegarias inútiles a los espacios vacíos. Gimió el esclavo, todavía no emancipado, se oyó palabra de discordia en la inflamada esfera, el aire se pobló de dudas; -y con los pies desnudos, ceñida de cilicios, cubierta de llagas, teniendo hambre y sed, apareció en el tiempo, como condenada a larga pena “La Expiación” espantando a los corazones débiles y asiéndose de los fuertes.
El mal se superpuso el bien por algunos instantes, aunque en lontananza anunciaban puros celajes la aparición de nuevas auroras…
En la penumbra de las pasiones malas que oscurecieron el éter puro los genios infernales agitaron sus alas y se cernieron sobre la cúpula del capitolio levantado en el delicioso valle donde corrieron mis primeros años. Allí volé yo cuando las legiones enemigas cerraban los muros santos de la nueva Salem; y por sobre los cascos relucientes y las aceradas armas, las rojas banderolas y el desplegado estandarte de la tiranía, y el estampido del cañón y el relinchar de los bridones y la insolente vocería de los recelosos invasores de aquel terreno todavía tibio por el calor de las familias que se refugiaban en los más fogosos bosques como bandadas de aves inofensivas del vaho de los dominadores; -por sobre todo aquel cuadro de inmensa desolación y pavorosa desventura, vi alzarse como sobre un pavés las cien flotantes cimeras de humo denso sostenido por otras tantas llamaradas semejando gorros frigios que partían de la cabeza del noble Bayamo, quien completó sus heroicos sacrificios alzando una pira donde se oreció  como víctima propiciatoria de la humanidad.
Los bárbaros esperaban verla arder para atreverse a penetrar en aquel “Sancta santorum” del Redentor de los pueblos de Cuba. Cuando la ceniza blanqueó el terreno, profanaron el Sagrado y tomaron posesión del espacio como sus antecesores lo hacían del mar.
En su impiedad, soñaron con la resurrección de S. Lázaro. Vano y temerario intento. Ni la voz del milagro podría dar vida hoy a aquellas cenizas que, como reliquias, han caído en todas las poblaciones y como amuletos obran en todas las conciencias de cubanos: ellas serán un día que está ya alboreando, encerradas en una urna de pórfido que ostenta sobre su cabeza la estatua de la Patria y sus hijos doblarán reventar la rodilla ante ella como dobla ante el sepulcro que contiene los restos del que nos dio el ser.

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A Francisco Maceo Osorio
 

Gonzalo posición, ciencia y riquezas
te inmolaste por Cuba entusiasmarlo,
el pueblo, que tú mérito a olvidado,
¿quién fue? Pregunta hoy con extrañeza.

Hablémosle de ti, puesto que empieza
a conocer lo que su bien has dado
a fin de que proclame alborozado
tú gloria, tú heroísmo, tú grandeza.

El cimiento de espléndido edificio
no es visible; tú heroico sacrificio
cual raíz de ceiba legendaria.

Que las sostiene y permanece ignota,
Es la base del asta en que ahora flota
la enseña de la estrella solitaria.

NOTA: Este fue publicado en la revista Bohemia, Año 47, No. 15, abril de 1955.
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Boletín Acento . Oficina del Historiador
Bayamo M.N., Cuba. 2019
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