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Segunda Época | Mes Octubre/2018 | Año 4 | No. 41

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El espacio de lo insólito

Ambrosio Fornet

Semblanza Biográfica. San Lorenzo

 

Carlos Manuel de Céspedes: su visión de la solidaridad

Vivian Infante Aldama

Carlos Manuel de Céspedes, símbolo de dignidad y rebeldía

 

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El espacio de lo insólito

Ambrosio Fornet. Premio Nacional de Literatura 2010

Nunca imaginé que para llegar a Bayamo, desde Holguín, alguien tuviera que atravesar una inmensa ciénaga poblada de cocodrilos. Sin embargo, fue lo que le ocurrió a cierto aristócrata francés —de origen antillano, por cierto—en un viaje que hizo a Cuba en 1841. Lo cuenta él mismo, bajo el epígrafe  “Una noche en la ciénaga  de Bayamo”, en un  libro que publicó en Francia tres años después. Salió con su guía de Las Tunas, “uno de los partidos de la jurisdicción de Bayamo”, se desvió rumbo a Holguín, deseoso de ver con sus propios ojos las “arenas auríferas” que había en los ríos de la zona (por lo visto, el brillo del oro se mantenía intacto entre los europeos, tres siglos y medio después) y, pasando por Cacocum llegó hasta las inmediaciones de Cauto Embarcadero. Doce horas después de haber salido de Holguín y estando todavía “a quince leguas de Bayamo”, el guía propone no volver al camino real sino “atravesar laciénaga vadeando” para salir a una hacienda cercana a la ciudad. Pero los coge la noche y se pierden.  De pronto escuchan,  en medio del silencio reinante,  un ruido espantoso. “Era como si mil bueyes furiosos hubieran bramado a la vez”. El aterrorizado viajero pregunta, en ungrito: “¿Qué es eso?”. Y el guía responde,  secamente: “Los cocodrilos”. Estaban rodeados. (Lo que viene después lo hallará el curioso lector en La isla de Cuba, de J. B. Rosemond de Beauvallon, publicado en 2002 por  la Editorial Oriente).
Bayamo y su territorio podrían ser considerados, en nuestra historia, como el punto de partida de una nueva versión de lo maravilloso, el espacio privilegiado de lo real-insólito. La sospecha adquiere consistencia  cuando se sabe que en 1865 —veinticuatro años después que el aristócrata francés—llegó a Cuba un reservista dominicano, oficial del ejército español recién derrotado en su país, llamado Máximo Gómez. ¿A dónde fue a dar el tal Gómez, acompañado por su madre y sus dos hermanas? A un caserío del municipio de Bayamo, llamado El Dátil, donde se dedicó sobre todo al comercio de madera como agente de una compañía radicada en Manzanillo. Apenas tres años después, miembro de larecién creada caballeríadel Ejército Libertador —a la que se había incorporado con la anuencia de Céspedes–,el sargento Gómez dirigió en Pino de Baire la primera carga al machete de nuestras  guerras de independencia. “Por tan humilde puerta —escribió Fernando Portuondo—se echó el gran guerrero al camino de la inmortalidad”. A partir de ahí, Gómez experimentaría un proceso de transformación personal que acabaría convirtiéndolo en otro hombre: un líder independentista respetado por todos y, de hecho, en el más grande de los cubanos nacidos en Santo Domingo.
Fue pensando en él y en algunos de sus notables compatriotas —Modesto Díaz, Luis  Marcano…—que alguna vez llamé “la conexión quisqueyana” al papel  desempeñado por ellos en  los inicios de esa etapa. En algún momento hice otra lista de notables: la de los bayameses cuyas actividades culturales habían tenido una  proyección continental (Manuel del Socorro Rodríguez, por ejemplo, fundador del periodismo en Colombia; José Joaquín Palma, autor de la letra del himno nacional de Guatemala); o bien, una proyección realmente nacional en una época —mediados del siglo diecinueve—en la que aún no era posible hablar aquí de un mercado con ese alcance (José  Fornaris, autor de Cantos del siboney, primer best-seller cubano…)
Añado ahora un nombre a las listas: el del pintor dominicano Luis Desangles, autor del mural que tiene como motivo la jura y bendición de la bandera, llevadas a cabo en el atrio de la iglesia de Bayamo, en 1868. Con todo derecho, Desangles puede sumarse a la conexión quisqueyana y a la vez insertarse en el ámbito de lo insólito: su obra convirtió la iglesia católica de Bayamo en la única del mundo cuyo altar mayor está coronado por un mural patriótico. La historiadora bayamesa Onoria Céspedes Argote asegura que fue pintado en 1919 —a instancias de Ambrosio Guerra,  arzobispo de Santiago de Cuba—como parte del proceso de restauración de la iglesia y en conmemoración del centenario del nacimiento de Céspedes. ¿Quién nos lo iba a decir? No hay duda de que semejante iniciativa, viniendo de quien viene, se inscribe en el espacio de lo insólito también.

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Semblanza Biográfica. San Lorenzo

 

El misterio de la vida de Céspedes quedó vagando en San Lorenzo. Sus últimos 37 días de vida representan un momento de lúcida reflexión, mezcla de alegrías y tristezas, placeres y privaciones, balance de todo lo que le ha tocado vivir y premonición sorprendentemente clara del final. Una vez más sale a flote la dependencia de Céspedes de su mundo onírico y unos días antes de la fecha fatal sueña con el viaje sin regreso.
Se cumplía así uno de sus deseos vertido en su diario de San Lorenzo: «que mis huesos reposen al lado de los de mis padres, en esta tierra querida de Cuba, después de haber servido a mi patria hasta el día postrero de mi vida». El 23 de enero llega Céspedes al predio de San Lorenzo en circunstancias que indican su condición de primer preso político de nuestras luchas independentistas. Al recibirlo, el prefecto Lacret lee un documento del mando militar cubano. Dice que se lo entregan en calidad de «residenciado». Cuando el joven prefecto pregunta qué significa estoy ante la vaga respuesta dada por sus acompañantes, Céspedes le aclara con jovialidad: «joven, esa comunicación quiere decir, que no podré moverme del lugar que usted me señale sin expresa orden de usted».
Sin embargo, Lacret  le hizo fáciles las cosas al expresidente. Lo acomodó en el mejor bohío del lugar, el que compartió con su hijo Garlitos. Su fiel asistente Jesús Pavón quien lo acompañaba desde los espléndidos días de Manzanillo y la Demajagua, lo atiende a diario y su cuñado José Rafael le ameniza la vida en el picacho de águila donde todos esperan el permiso para viajar a la emigración.
Aquí Céspedes impone sus rutinas personales. Encuentra un recodo de un afluente del río Contramaestre para darse baños diarios y ejercitar los músculos, viaja a pie o a caballo a los caseríos aledaños donde le invitan a comer, beber un refresco o simplemente tomar café y conversar. Ahora reflexiona y lo escribe lo hacen con mayor espontaneidad pues ya no es el presidente. Es decir, lo acepta con el cubano entendido del amigo. Juega al ajedrez y escribe su diario y sus cartas. Recibe cumplidos, regalos y visitas de gente simple de las serranías aledañas. Como buen seductor, no puede resistirse a ganar los favores de una joven viuda de un mambí que habita un bohío a escasos 20 metros del suyo. De esta relación se gestará su último vástago al que, por supuesto, no llegará a conocer. Por último, empleará los días finales de su existencia en enseñar a leer y a escribir a un puñado de niños y personas del predio. En medio de todas estas ocupaciones disfrutará de la libertad dentro del encierro, del libre albedrío que le ofrece la naturaleza. El 23 de febrero recibe una comunicación oficial del gobierno en que se le niega el permiso para salir al extranjero y de hecho queda sellada su suerte en aquel recoleto paraje.
La lectura de su diario póstumo refleja cómo ha recuperado su ánimo y ha vuelto a ser el hombre dueño de sí, majestuoso y seguro de siempre. Ha rebasado los profundos agravios recibidos de los miembros de la Cámara durante los tres meses que lo mantuvieron atado como una presa romana a la caravana de sus vencedores. Todo aquel resentimiento lo trocará Céspedes en un análisis, escrito en la mañana fatal, y que dejará para la posteridad. Así, apremiado por el tiempo que se le acaba, instigado por una poderosa premonición, se pone a escribir sobre las ocho de la mañana del 27 de febrero de 1874 sobre sus rivales políticos. Acto seguido cierra el cuaderno y alrededor de las diez de la mañana consume el frugal almuerzo propio de la vida mambí, Juega una partida de ajedrez con el bayamés Pedro Maceo Chamorro y a continuación se dirije a pie y solo hacia el bohío que ocupan las hermanas Beatón, viejas amigas. Está con ellas unos momentos y pasa al bohío contiguo, donde habita la viuda. Allí, después de beber un café, reanuda sus clases de alfabetización. Cuando los soldados españoles son descubiertos por una niña que acude al bohío a buscar sal, Céspedes sale pistola en mano —elegantemente vestido como para la ocasión— al umbral de la puerta. Al escuchar las órdenes de los jefes enemigos y los primeros disparos trata de escapar, pero en dirección equivocada. Un capitán, un sargento y cincos soldados lo persiguen y acortan la distancia con rapidez. Céspedes está muy débil de visión y a pesar de su vitalidad, su edad y el desgaste de la guerra impiden que esté en la misma forma física de antaño por lo cual le es imposible aventajar a sus jóvenes perseguidores. Lo frena una palizada cortada días atrás para hacer leña, se vira y sin detenerse dispara dos veces contra los soldados. Estos responden, pero disparando al aire; la orden es de prenderlo vivo. Al disparar Céspedes por segunda vez, el sargento, que casi lo toca con las manos, dispara a su vez y le atraviesa el corazón. En el borde de un barranco, donde lo alcanza el plomo, se despeña por la ladera herido de muerte. Durante algunos minutos prosigue el tiroteo español replicado por escasos disparos cubanos. No había defensa en San Lorenzo.
Céspedes, única baja del asalto, es izado y llevado ante el jefe de la columna del Batallón Cazadores de San Quintín. Cuando este confirma la identidad del cadáver ordena registrarlo todo y ocupa sus diarios, una escribanía de plata (único vestigio material de su antiguo abolengo), un juego de ajedrez, su revólver y otros documentos. Queman el caserío y envían por delante el cuerpo sin vida sobre un mulo para conducirlo por mar a Santiago de Cuba. Allí lo mostrarán a la expectación pública.

Nota: Tomado de la Enciclopedia Carlos Manuel de Céspedes. Museo Casa Natal Carlos Manuel de Céspedes

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Carlos Manuel de Céspedes: su visión de la solidaridad

Vivian Infante Aldama

La solidaridad de Cuba con la liberación de América y la solidaridad de los combatientes americanos con la revolución cubana tiene profundas raíces  históricas. Muchos fueron los aportes realizados por los hijos de otras tierras en las campañas independentistas de los patriotas de la Isla, hombres que acogieron con infinito amor la justa causa de los cubanos, convirtiéndose en activos participantes de las acciones combativas.
En el Manifiesto de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba, documento trascendental que expone las razones que impulsaron a los cubanos a la lucha por la independencia, se enuncia la voluntad del gobierno recién constituido de ocupar un lugar importante en la política internacional. En sus reflexiones, el Padre de la Patria dedicó especial interés a las relaciones con otros países del mundo, concebidas en condiciones de igualdad. Céspedes dejó clara además su visión sobre la solidaridad, cuando en este mismo documento señalaba: “Cuba aspira a ser una nación grande y civilizada para tender un brazo amigo y un corazón fraternal a los demás pueblos”
En carta enviada por Carlos Manuel de Céspedes al señor W. Seward, Secretario  de Estado norteamericano, con fecha 24 de octubre de 1868, enunciaba ideas sobre la necesaria unidad entre los pueblos americanos que, pese a estar integrados por un conjunto numeroso de pueblos, representaban cultura e intereses similares. En este documento refería: “Los pueblos de América están llamados a formar una sola nación y ser la admiración y el asombro del mundo entero”
El Padre de la Patria reconoce los aportes realizados por los hijos de otras tierras en la lucha de emancipación de los cubanos, recibidos  en las filas cubanas por estar identificados con la causa iniciada el 10 de octubre de 1868. Resulta imprescindible, pues, destacar a una cantera de excelentes dominicanos devenidos columna de la fraternidad entre dos pueblos antillanos.
Estos dominicanos se aunaron en torno a Carlos Manuel de Céspedes  y con valentía, desinterés y altruismo ganaron auténtica fama en las filas patrióticas. En el centro de este grupo destacamos a Máximo Gómez, Luis Jerónimo, Francisco y Félix Marcano, y Modesto Díaz, entre otros; que fueron portadores de una gran experiencia militar debido a las constantes luchas libradas en su tierra natal. Fue Máximo Gómez  sin duda, el más destacado de los combatientes dominicanos que participaron en la lucha por la independencia de Cuba, maestro de los principales jefes insurrectos cubanos; llamado por Carlos Manuel de Céspedes una vez que se produce el levantamiento en La Demajagua, fue reconocido por el Padre de la patria como un brillante estratega. En carta enviada a Máximo Gómez el 29 de abril de 1871, Céspedes lo felicita por los triunfos obtenidos en sus frecuentes encuentros con las tropas españolas, resultado esperado  de su reconocido valor y patriotismo, mereciendo por ello la gratitud de la patria.
Luis Marcano  fue uno de los primeros asesores del Padre de la patria, cumpliendo  importantes misiones  como fue pactar las bases de la capitulación de Bayamo. Sus hermanos Félix  y Francisco también mostraron su disposición a colaborar con los cubanos desde el 10 de octubre de 1868, cumpliendo importantes misiones y aportando sus valiosos conocimientos a la causa cubana. Otro quisqueyano ilustre, Modesto Díaz, se pasó a las tropas cubanas cuando defendía la Cárcel Civil de Bayamo, en los gloriosos días de la toma de la ciudad. Fue ascendido por Carlos Manuel de Céspedes por poseer conocimientos militares valiosos para la causa revolucionaria.  En carta enviada por Carlos Manuel de Céspedes a este combatiente dominicano, el 24 de julio de 1872, exalta  su optimismo y la confianza depositada en él, cuando expresó: “Confío en que usted sostendrá como siempre levantado el ánimo  de los valerosos hijos de Bayamo, hasta que luzcan mejores días que ya empiezan a apuntar en el horizonte”.
Otros dominicanos fueron activos colaboradores en la lucha por la independencia de Cuba. Sin  dudas su participación fue relevante y a veces decisiva, pues si bien su participación no fue abundante en número, si lo fue por la tenacidad, maestría combativa y fidelidad de sus miembros. En carta enviada por el Padre de la Patria a José Anto, con fecha  19 de  febrero de 1871, muestra su seguridad en cuanto a lograr  las simpatías de otras tierras del mundo al  afirmar: “…donde quiera que haya corazones amantes de la libertad encontraran eco los sufrimientos de los hijos de Cuba”.

Nota: Tomado de la Enciclopedia Carlos Manuel de Céspedes. Museo Casa Natal Carlos Manuel de Céspedes
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Carlos Manuel de Céspedes, símbolo de dignidad y rebeldía

 

El 6 de abril de 1871 Carlos Manuel de Céspedes observa el ir y venir del mar en Báguano y poco después le describe a su segunda esposa Ana de Quesada, el hermoso paisaje: "Después de tres años y medio que dejé de verlo en La Demajagua, él me trajo a la memoria mi antiguo estado de señor de esclavos, en que todo me sobraba: lo comparé con este en que ahora me veo, pobre, falto de todo, esclavo de innumerables señores, pero libre del yugo de la tiranía española, y eso me bastó: prefiero mi actual estado". Es todavía el Presidente de la República en Armas, aunque acosado por el egoísmo, la envidia, la ineptitud de jefes locales que no saben serlo verdaderamente, y que al cabo lograron que la Cámara aprobara su deposición y lo confinara al caserío de San Lorenzo, con escasa protección; lo que propiciará que los soldados de la metrópoli lo descubran y le den muerte en desigual combate, el 27 de febrero de 1874, exactamente seis años y tres días después de que iniciara, con un puñado de próceres, aquel histórico levantamiento en Yara, que marcó el inicio de una larga lucha por la independencia.
Carlos Manuel nació el 18 de abril de 1819 en Bayamo, hijo de Jesús María Céspedes, conocido familiarmente por Chucho, descendiente de sevillanos de Osuna, y de Francisca de Borja, procedente de una cepa camagüeyana. Se crió en el campo, jinete libre en su caballo, arisco, poco dado a los estudios, pero ya a los diez años de edad se convierte en un alumno aplicado, se adentra en la filosofía y el latín y se emplea en la traducción de la Eneida de Virgilio.
En 1838 alcanza el grado de Bachiller en Derecho Civil, en el afamado (Colegio) San Carlos, de La Habana, retorna a su predilecto ámbito bayamés y contrae matrimonio con su bella prima María del Carmen Céspedes. Pronto nace su primer hijo, pero eso no, le impide partir hacia Barcelona en 1840 para terminar sus estudios. La maestra de historiadores, Hortensia Pichardo, quien, con su esposo Fernando Portuondo, ahondó en la vida y la obra revolucionaria y literaria de Céspedes, acoge el testimonio del historiador camagüeyano-bayamés Fernando Figueredo, en el sentido de que en la rebelde Barcelona —escenario donde también completaron su formación Ignacio y Eduardo Agramonte— Carlos Manuel, que hasta sus estudios de bachillerato solo firmaba con su primer nombre, llegó a ser capitán de milicia; y en Contestación, su primer poema (publicado en La Prensa, de La Habana, el 28 de enero de 1852, justamente un año antes del nacimiento de José Martí), algunas estrofas parecen confirmarlo. Allí se describe como un joven todo fuego, viveza, inquietud, movimiento, y afirma: "Era la lucha para mí la gloria/... de la milicia ciudadana/ el sable empuñé con vigor".
Enriquecido con esas experiencias, desde la manigua en guerra se dirige a los peninsulares y les dice: "Muchos de nosotros aprendimos en vuestras aulas universitarias cuán absurdo es el derecho de conquista". Era un apasionado, un primogénito del mundo, como lo evocara Martí. De ahí que en sus versos autobiográficos se declare apóstol de la nueva religión del trabajo y el ruido, y se lamente de lo despacio que marcha la sociedad insular, y confiese, altivo: "a un pueblo quise despertar...". Niño formado en el medio natural, adolescente entregado a los estudios, joven abogado que, antes de retornar al puro cielo de la Patria, recorre Inglaterra —donde dice haber conocido todos los placeres de la alta sociedad inglesa-, Alemania, Francia, Italia, Turquía, en busca de respuestas para sus inquietudes. Se establece en Bayamo con 23 años y confiesa que solo su joven mujer calma su impaciencia, pues se siente incómodo en una ciudad que hasta 1855 no tiene ni imprenta ni periódico, donde escribir versos y reunirse en tertulias se consideraba un síntoma de afanes conspirativos por las autoridades coloniales. Y antes de propugnar el meditado grito de independencia o muerte, intenta moderadas reformas: funda la Sociedad Filarmónica, que preside Perucho Figueredo, con él de Secretario. Realza versiones de piezas dramáticas francesas, arma cuadros de comedias, escribe obras para la escena, en las que a veces actúa, aplica modernas soluciones arquitectónicas, observadas en Barcelona, en la casa que su padre construye, traduce a Byron, y también textos sobre el ajedrez, que siempre tuvo como formidable pasatiempo, sin abandonar el ejercicio del Derecho, que lo ocupó durante más de veinte años, y aún halla tiempo para desempeñar funciones de Síndico en Bayamo y defender a los esclavos.
También interviene en composiciones de canciones, y no solo en La Bayamesa, la mayoría de las cuales se perdieron. La llamada Conchita, inspirada en una atractiva principeña, fue estrenada en una fiesta popular en Guáimaro, el 7 de diciembre de 1865, ocasión en que camagüeyanos y orientales, so pretexto de las fiestas, se reunían para conspirar, como temía el gobierno colonial.
Esa incesante actividad lo hace altamente sospechoso, y lo confinan primero a Palma Soriano, y después a Baracoa y Manzanillo, donde establece un nuevo hogar y funda la (Sociedad) Filarmónica, prosigue con sus crónicas y poemas, su profesión de abogado; y en 1860 lo eligen Contador de la Junta de Fomento y socio corresponsal de la Sociedad Económica de Amigos del País. Este es el perfil de un revolucionario cabal, apasionado de la libertad, que pronto comprendió que tendríamos que valernos de nuestras propias fuerzas para ocupar un sitio digno en el concierto de los pueblos de América y no esperar nada de las administraciones norteamericanas que únicamente "aspiraban a apoderarse de Cuba".
Como poeta, dijo conocer el valor de la tristeza a la que no se rindió, sin embargo. Nunca se arrepintió de sacrificar riquezas y comodidades, combatió la esclavitud en todas sus manifestaciones y mostró más de una vez su íntima satisfacción por la aprobación de lo que llamó el  elocuente laconismo del artículo 24 de la Constitución de Guáimaro que proclama. "Todos los habitantes de la república son enteramente libres".
Fidel, quien encabezó el movimiento revolucionario que el Primero de Enero de 1959 hizo realidad esa patriótica demanda, nos dio en breves y certeras palabras lo esencial del ideario del Padre de la Patria, cuando afirmó: "Simbolizó la dignidad y rebeldía de un pueblo que comenzaba a nacer en la historia". Un pueblo que hoy, en las nuevas condiciones de la lucha por la plena libertad del hombre, conserva con orgullo la memoria del insigne fundador de la nación.

Nota: Tomado de la Enciclopedia Carlos Manuel de Céspedes. Museo Casa Natal Carlos Manuel de Céspedes

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Boletín Acento . Oficina del Historiador
Bayamo M.N., Cuba. 2018
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