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Segunda Época | Mes AGOSTO/2015 | Año 1 | No. 4

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Excursión a la gran sabana de Yara

Pedro Figueredo Cisneros

La Bayamesa. Himno de Cuba

Germán Arciniegas

Pedro Figueredo y su pasión por Cuba

Aldo Daniel Naranjo Tamayo

Pedro Figueredo: Adalid de la Cultura

Ludín B. Fonseca García

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Excursión a la gran sabana de Yara

Pedro Figueredo Cisneros

 

(Carta tercera )1

Guasumal, octubre 1846.

Mi querido amigo: en mi carta anterior dejé la relación de nuestro viaje, hallándonos en la margen derecha del Bacajama, y en la izquierda, media docena muchachos, verdaderos árabes beduinos de aquella comarca: nos separa una distancia de cuarenta pasos, toda cubierta de agua, pero el cauce ordinario a este arroyo era de diez o doce: la dificultad que ofrecía al que intentara pasarlo, era saber dónde empezaba este cauce y además tomar la senda por donde debía bajarse él: ignorar estas dos cosas nos exponía a caer de golpe en un abismo o desriscarnos por una de las muchas grietas que forman las aguas que recoge este arroyo. Uno de los que me acompañaba me daba estas explicaciones, añadiendo además, que cuando aquellos muchachos estaban allí sin atreverse a pasar, era una prueba evidente del peligro que ofrecía. El sargento de lanceros que oyó esto, echó una mirada de desprecio al arroyuelo de enturbiadas aguas, otra a mi interlocutor, se enderezó sobre la silla y gritó a los de la orilla opuesta:

-Ola, chicos, ¿por dónde está el vado?

Los muchachos se enderezaron, se cambiaron miradas interrogativas, que querían decir: ¿"que dice este señor"? se rascaban unos las orejas, otros los talones, hasta que el de menos edad respondió al sargento con esta pregunta:

-¿Qué dice usía?

Todos soltaron la risa hasta el punto de amostazar al rapaz; pero don Pancho, trataba de sacar buen partido de los conocimientos prácticos que de aquel terreno debían tener los estancieros, puso fin a la general hilaridad, diciéndole:

-Hijito, no te incomodes, lo que este buen sargento te pregunta es por dónde se podrá pasar este arrollo sin que nuestros caballos naden.

-Señor hombre, dijo el muchacho a gritos, hoy no se pasa por aquí, desde anoche está viniendo el arroyo y está muy jondo.

-Si estará para tu potrillo que apenas alza un palmo del suelo, le interrumpió el sargento, ¡haber, uno de ustedes! ¡Tú, que montas al emperador pasa al otro lado de este arroyuelo… ¡vivo!

Uno de los soldados montaba en un hermoso caballo moro, se adelantó, animándolo con la voz y la espuela; pero el caballo, que conocía el peligro, no hacía gran caso ni de una ni de otra, movía con precaución tal las manos que hasta no estar seguro que la asentaba en lo solido no alza la otra, estiraba el pescuezo hasta rozar con el hocico la superficie del agua, resoplaba con fuerza sobre esta y sus miradas querían penetrar a través del fango; tomaba aquel movimiento instintivo en este generoso e inteligente animal y que sirve de guía a los verdaderos jinetes en los peligros encubiertos; además el soldado tenía miedo y es sabido que el caballo conoce esto al instante;sin embargo, el emperador seguía avanzando, y ya el agua le subía hasta el pecho, cuando los muchachos empezaron a gritarle:

-Por ahí no, Señor soldado, por ahí está el barrancón, un poco más abajo!... ¡Poco más abajo!

El  soldado se detuvo y miró al sargento

-¡Ande usted!, le gritó este.

A esta imperiosa voz, sintió el caballo hundirse en sus hijares las espuelas de su dueño, despidió un gemido de reconvención y siguió andando con precaución. Los chicos no cesaban de gritar, el sargento empezó a votar ternos tacos contra la cobardía  de su soldado; don Pancho mandó a uno de los jóvenes que le acompañaban que se desnudará, “prontico, Andrés, porque ese soldado va ahogarse” añadió y él mismo empezó por quitarse el largo machete con guarniciones de plata que llevaba ceñido a la cintura. Yo que vi estos preparativos de mi mentor iba a preguntarle si en realidad había algún peligro, cuando fui interrumpido por un griterio general… Volví la cabeza, y ya no vi ni caballo ni soldado;ambos se habían hundido en el profundo cauce del arroyo, sobre cuyas aguas nadaba el chacó del infeliz jinete; pocos segundos después apareció el caballo nadando y tres o cuatro muchachos se tiraron al agua para darle dirección y sacarlo a la orilla; despuéss salió el soldado tratando con inútiles esfuerzos de sostenerse encima del agua, pero no sabía nadar y seguramente con otros espectadores el Bacajama hubiera sido su sepulcro; pero ninguna criatura se ahogó delante de un bayamés, sin exceptuar clase ni condición, que no sepa nadar en toda la extensión y significación de esta palabra; cortar el agua según la corriente; graduar su fuerza y el rumbo, sostenerse inmóvil encima de ella para cobrar aliento, irse a fondo para evitar un peligro superficial, y por ultimo sacar a un hombre que se está ahogando, verdadera y la más difícil prueba de la inteligencia de un nadador y en la que muchos han encontrado una muerte tan horrible como grande y generoso ha sido el móvil que lo ha causado!

-¡Al agua, Andrés,! grito don Pancho, y añadiendo la acción a la palabra y con  parte de sus vestidos se lanzó; pero ya Andrés estaba en el lugar del peligro, allí donde el soldado aparecía y desaparecía luchando con la muerte… sus ojos estaban inyectados en sangre y una pulgada fuera de la órbita, el pelo erizado a pesar de la humedad y todos los músculos del cuerpo en horrible contracción; un rayo de alegría iluminó su semblante al verse frente a frente con otro hombre; sus manos crispadas y de acero, con un supremo esfuerzo salieron del agua y cayeron sobre la cabeza de Andrés, cubierta de fuertes y negros cabellos ¡Angustioso instante! ¡Oh! ¡jamás lo olvidaré! Andrés al verse así sorprendido y que aquel a quien iba a salvar lo quería hundir y subirsele encima de los hombros, apoyó sus pies en los pechos del contrario y trato de lanzarlo; pero ¡esfuerzo inútil!, aquel hombre era de hierro, ¡suéltame bárbaro! murmuró el infeliz. Palabras perdidas, no llegaban al cerebro del que necesitaba una víctima para salvarse… el generoso mancebo iba a morir, cuando llegó a sus oídos la poderosa voz de don Pancho que le gritaba:

-Andrés a fondo! Valor, hijo mío, tenlo fuertemente allá abajo!

Estas palabras salvadoras, y que un segundo más tarde ya no hubieran sido oídas de Andrés, lo salvaron, porque él y el soldado desaparecieron en el abismo después de una momentánea lucha, un remolinó señaló por un instante el lugar de la catástrofe.

El sargento había echado pie a tierra y corrido de una parte a otra invitándonos a todos a que fueramos a auxiliar a los qué él juzgaba ahogados, desde que los vio desaparecer; ofrecía disparatadas cantidades de dinero, y recompensas que en otras circunstancias, nos hubieran causado risa: “querido, señor, decía a don Pancho, por Dios, ya usted está en el agua, saque usted al soldado, al mejor soldado del ejército, daré a usted hasta un millón!..."

-No hay miedo, sargento, guarde usted ese milloncito para otra ocasión; Andrés lo sacará… esas cosas no la pueden hacer dos… uno solo las maneja muy bien… ¡ola! helo allí, ahora voy a ayudar a Andrés.

Este efectivamente apareció cerca de la margen opuesta, nadando con el brazo izquierdo y con la mano derecha arrastraba un objeto que era fácil conocer, era una de las piernas del soldado: todos los que estaban en el agua corrieron allá y dándole ayuda, pusieron sobre la yerba de la ribera, el cuerpo casi exánime de aquel infeliz.

-Demonio de arroyo!, decía el sargento, ¿quién habría de creerlo tan peligroso? Señores está vivo, ha vuelto en sus sentidos?

-No hay cuidado, decía don Pancho, poniendo boca abajo al moribundo, pronto volverá en sí… Lo menos tiene dos barriles de agua en la barriga… ahora echará hasta la última gota… si no es por Andrés se la traga Bacajama.

                                        De los treinta años arriba,

                                        no te mojes la barriga

                                        y la nunca,

                                        nunca.

Así concluyó don Pancho su monólogo, mientras auxiliaba al soldado; luego, dirigiéndose al grupo de muchachos, que lo miraban con indiferencia, “hijos míos, ¿no habrá un lugar por donde puedan pasar aquellos caballeros, sin que se repita esa función?"

-Si: hay un puente un poco más arriba, ya iba a decirlo al sargento, cuando mandó a echar al agua a ese pobre soldado, dijo uno de los muchachos.

-Bravo, querido: ahora échate al arroyo, pasa al otro lado, monta en aquella yegua alambra, y conduce a esos señores dónde está ese puente.

-Si no es puente, dijo otro, es una palma real.

-Allá se va todo, hijito, vamos, despáchate.

Sin esperar más, se tiró el rapaz al agua, se zabulló como un pez, y nadando por debajo del agua, vino a sacar la cabeza cerca de nosotros; salió del agua sacudiendo su pobre camisa, separó de sus ojos y frente los mechones de cabellos, y sin más ceremonias, saltó sobre la yegua de don Pancho y empezó a andar arroyo arriba seguido de todos nosotros. Como a un cuarto de milla llegamos a un punto donde el arroyo era más estrecho, y sus márgenes más elevadas; allí habían derribado una palma gigantesca que atravesaba el cauce, formando un puente: gracias a él, y con ayuda de unos bejucos y cuerdas puestas a manera de pasamanos, nos vimos al otro lado del tranquilo Bacajama; los caballos despojados de su monturas, pasaron a nado. Cuando llegamos donde estaba el soldado, ya en sus sentidos y echando un cigarro, eran las doce  del día: habíamos andado legua y media en seis horas!

 

De usted afectísimo.
 

1. Documento mecanografiado depositado en el archivo personal del primer Historiador de la Ciudad de Bayamo Enrique Orlando Lacalle. Escribió tres cartas y esta es la menos conocida.  

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La Bayamesa. Himno de Cuba1

Germán Arciniegas 2

La Historia de la Bayamesa forma para mí parte de las leyendas de infancia. Era una música que muy de cuando en cuando, distraída dejaba escapar de sus labios mi abuela. Entonces, se le humedecían los ojos y rápidamente pasaba a otra cosa. Yo no tenía diez años, pero aquello se me grabó en el corazón. Comprendía que era una de esas cosas que, por llevarse muy adentro del alma, nunca se dicen. Siempre respeté ese velo de lágrimas. Nunca pregunté nada. Pero eran unas aguas que en vez de cubrir las emociones de la abuela las transparentaban para mi curiosidad infantil. A veces demoraba yo en dormirme, y repetía mentalmente el verso final: “Que morir por la patria es vivir…”

Muerta mi abuela, siguió la canción rondándome. Muy de cuando en cuando, cuando ella creía estar sola, la cantaba en voz baja mi madre. Era una bandera impalpable en cuyos pliegues sentía ella aletear la leyenda de su infancia. Una leyenda triste, con íntimos goces de gloria. Sus dos padres eran cubanos. Habían tenido que abandonar la isla de Cuba cuando la guerra de los diez años. Mi abuela era entonces una niña, pero “era la hija de Perucho.” Mi abuelo era todo un ingeniero, pero había tomado parte en la guerra, le habían llevado a la cárcel de La Habana, y de allí se había fugado con la ayuda de la Virgen de la Balbanera. Cuando estaba en el calabozo esperando la sentencia de muerte, los guardas vieron que se proyectaba en el muro una sombra: la imagen misma de la Virgen. Tal es la leyenda que se conserva en mi casa. Por eso se demoró un día y otro día la ejecución, y hubo tiempo para que pudiera fugarse.

En Nueva York conoció a mi abuela. Se casaron. El era jefe de bomberos en Brooklyn. De Nueva York fueron a dar a Colombia. Mi abuelo se empeñó en grandes obras de ingeniería. De repente perdió la vista. Le recuerdo muy bien, alargando la mano para tomar las hojitas de papel en que envolver sus cigarrillos, y caminando muy alto y muy erguido, buscando el camino con su bastón de cacha de marfil. Mi abuela y mi abuelo eran de las familias más ricas de Cuba. Eran muy pobres cuando mi madre se dio cuenta de las cosas de esta vida. Pero mi madre los veneraba así, pobres, él ciego, y ella, su sombra, luminosa entre las que le envolvían. Es curioso: mi abuela se llamaba Luz. Y mi madre cantaba: “No temáis una muerte gloriosa, que morir por la patria es vivir.”

De estos recuerdos a hoy han pasado muchos años. He conocido de cerca muchedumbres de gentes que han debido abandonar sus tierras por haber tenido la ilusión de una bandera libre, el amor de la justicia. Son los hombres de las patrias peregrinas, son las patrias peregrinas, cuya historia forma la substancia más noble y dramática de la humanidad. Del barro de Cuba estaban formados mis abuelos, y así era un puñado de tierra cubana el que habían llevado con sus huesos a Colombia.

Las autoridades que les habían decretado la muerte si permanecían en la isla, ignoraban ese milagro que ocurre en los destierros: la tierra encantada camina, se anima, revive los paisajes, se lleva consigo las canciones y la bandera. Las primeras caricias que recibí en la cuna, después de las de mis padres, fueron las de aquellos dos abuelos peregrinos que me envolvían en un cielo maravillosamente azul: el cielo de Cuba.

Mi abuela, pues, era “la hija de Perucho.” ¡Qué hombre más hombre fue Perucho Figueredo! Era muy rico y era muy culto. Tenía una finca grande con verdes cañaduzales y esclavos negros. Un aire perfumado de azúcar y de hojas de tabaco que se oscurecían al aire. Era un buen músico. Era muy buen romántico. Soñaba que no hubiese más colonia, ni más esclavos. Andaba a caballo de Norte a Sur por la isla, embriagado en sus sueños libertadores. Se le veía bien plantado a la luz del sol, pero en realidad le seducían los caminos secretos de la conspiración, que guían a los que tienen pasión de libertad. Estaba en el secreto de Céspedes. Desde la casona de la hacienda no miraba sino el reloj que anunciaría el grito de rebelión.

Vino el grito, vino la guerra. La casa se convirtió en un vértigo. Corrían los peones, se llenaban de caballos las corralejas, se alistaban monturas. ¡Qué algarabía la que hacen siempre en estos casos los cubanos! Se hablaba velozmente, las palabras fulguraban como hojas de machete. Pero había dos músicas que eran las que llegaban al corazón de Perucho, y que parecían ser las únicas que le entrasen por los oídos. La una era como para que nadie la oyese: la de la aguja que movía gozosa su hija —una niña: la niña Candelaria— cosiendo unos trapos de colores: la Bandera. La otra, era la que ya andaban silbando por las calles de Bayamo: una marcha compuesta por Perucho. Era una marcha bruja. Se oía, llegaba a los oídos de los españoles, y anunciaba no se sabía qué cosa. Ni sabían los mismos que la silbaban lo que quería decir. Como no saben los recién nacidos de las canciones de cuna con que los arrullan. La marcha de Perucho —él sólo lo sabía bien— era la marcha de la libertad.

Correspondía a Perucho tomar por asalto la ciudad de Bayamo. En la hacienda no parecía que se moviesen camino de la muerte, sino de una fiesta. Se silbaba la marcha, y nadie, ni el propio Perucho, sabía que envueltas en esas notas estaban las palabras: “¡A las armas corred, bayameses!” Y así corrieron a tomarse la ciudad. Y la ciudad se rindió. Fue el triunfo de una canción. Se habían articulado de modo perfecto la música y la voluntad de los hijos de Bayamo. Ya no quedaba sino hacer la entrada triunfal a Bayamo.

La niña Candelaria montó en el caballo más lindo de la hacienda. La besaban los ojos de los negros, la lloraban de gozo los ojos de las negras, la levantaban en el aire los ojos llenos de orgullo del gran Perucho. Y la niña Candelaria tomó la bandera. Con sus quince años de pura gloria entró a Bayamo a la cabeza de la montonera iluminada. Entonces sí la música de Perucho corría como una flauta por las calles. “Perucho, Perucho: ¡la letra! ¡la letra!” gritaron todos.

¡Qué pedazo de hombre era el gran Perucho! ¡Qué romántico más fino! Le dieron un papel cualquiera y un lápiz. Por escritorio, la cabeza de la silla. El caballo se aquietó, hasta que casi no le corría temblor por el pelo. La bestia parecía sudar de gozo. Perucho escribió la canción. De un tiro. Así nació el Himno de Cuba.

Aquella primera guerra se perdió. Se recobraron los españoles y Perucho fue a dar a la cárcel. Pero casi ni estuvo en la cárcel. Apenas tuvo tiempo para escribir otro papel. Alguna vez lo vi reproducido en un periódico de Cuba. ¡Qué pulso más firme! ¡Qué letra más clara! Pocas palabras, pero perfectas. Se despide de los suyos. Que no lo lloren. Que tengan fe en Dios, y fe en Cuba. En su Cuba libre. “No temáis una muerte gloriosa, que morir por la patria es vivir.” Ahí mismo se le trocó realidad la propia canción. Le fusilaron. Por eso Perucho vive en el corazón de los cubanos.

A la niña Candelaria, y a Luz que era aún más pequeña, si no las sacan de la isla en cosa de horas, también las fusilan. Lo de Candelaria parecía resuelto. Al final de la guerra de los diez años había cubanos en el Sur de los Estados Unidos y en Nueva York, los había en Centro América, en México, en Venezuela, en Colombia. Pasó el tiempo, y de aquella historia como que no quedaban sino cenizas. Cuando José Martí vino a anunciar la otra revolución, encontró que las cenizas cubrían brasas. No había sino que soplar un poco, y palpitaba el fuego. Al rojo blanco después de la larga espera.

De Cuba peregrina habría de surgir Cuba libre. La historia habla de la guerra de los diez años, de la guerra chiquita, de la guerra de independencia. Estas guerras, sumadas, no son sino un pequeño espacio de tiempo comparado con el que pasaron los cubanos peregrinos rodando por el mundo, con el que dedicaron los soñadores en la isla a madurar esperanzas.

La historia de mis abuelos no es singular. Ellos entran dentro de la enorme corriente de cubanos que se extendió por todas las playas que le hacen ruedo al Caribe. No fueron tampoco, en ningún caso, los primeros desterrados. Una buena historia debe comenzar, al menos, con José María Heredia, que tenía que evocar los paisajes de su tierra desde el Niágara, o desde México, llevando con su padre, el regente Heredia, un cartel de expatriados y el culto inextinguible a la justicia.

1.Germán Arciniegas inició la serie de ensayos sobre las canciones patrióticas americanas que viene publicando Lo Mejor desde abril último [1954], con la historia del Himno Nacional de Colombia, su patria. Ha escrito también especialmente para nuestra revista —por las razones obvias que se desprenden de su artículo— la historia del Himno Nacional de Cuba, patria de sus abuelos maternos. (Nota en el artículo original)
2.Artículo donado durante una visita realizada a la ciudad de Bayamo por los descendientes de  Pedro Figueredo

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Pedro Figueredo y su pasión por Cuba

Aldo Daniel Naranjo Tamayo

 

Pedro Figueredo y Cisneros, nació en Bayamo el 29 de julio de 1819. Sus padres fueron Ángel Figueredo Cisneros y Eulalia Cisneros. La educación primaria la hizo en su ciudad natal, primero en el convento de Santo Domingo y posteriormente en el convento San Francisco.

En 1834 ingresó en el colegio San Salvador, en la barriada habanera Carraguao, donde cursó el bachillerato en filosofía. Su inteligencia y dotes artísticas le ganaron el apodo de El Gallito Bayamés. Según un periódico español en este plantel se nutrió de encono y odio a España.

En 1838 viajó a España a cursar estudios superiores en la Universidad de Cervera, en la capitanía general de Barcelona, siendo en las aulas compañero de su coterráneo y pariente Carlos Manuel de Céspedes. A la par de instruirse en los textos, estudiaba piano y realizaba composiciones musicales. Cuatro años después se graduó de Licenciado en Jurisprudencia, cuyo título revalidó en la Universidad Central de Madrid. De  esta manera  obtuvo el pergamino  de  Abogado  del Reino.

Seguidamente visitó Francia y otros países de Europa, donde  se nutrió  de las ideas progresistas más  avanzadas de su tiempo. Regresó a Bayamo en los en  noviembre  de 1842. Poco después contrajo matrimonio con la señorita Isabel Vázquez Moreno, de cuya unión nacieron once hijos, ocho hembras y tres varones.

Amante de la cultura,  en  febrero de 1843 fundó junto a Carlos M. Céspedes la Sociedad Filarmónica Cubana, siendo electo su presidente, y .en 1849 contribuyó con cuantiosos recursos para erigir  el Teatro Bayamo, donde estrenaron varias obras de su creación, entre  ellas Tribulaciones de un barbero Un bobo en Paris,  no localizadas  aún.

En el año 1851, asediado por el gobierno, por sus ideas avanzadas, se vio obligado a abandonar su pueblo y se trasladó a la capital y en 1856 fundó el diario El Correo de la Tarde. En este órgano de prensa dio a conocer algunas  contradanzas y valses  de su autoría, y varios artículos titulados Una excursión por la sabana de Yara.  En 1849  retornó a Bayamo y fijó su residencia en la finca Las Mangas. Desde 1855 comenzó a colaborar en los periódicos locales El Boletín de Bayamo y La Regeneración.

En virtud de los trabajos revolucionarios que venía efectuando Francisco Vicente Aguilera, y a los que él no era ajeno, desde 1851 resuelven convocar en agosto de 1867 a los más notables miembros de la sociedad bayamesa, que se congregan en la morada de Perucho. Entre las resoluciones allí adoptadas, fue la más esencial el nombramiento del Comité Revolucionario, siendo elegido por unanimidad: Presidente, Francisco Vicente Aguilera; Secretario, Francisco Maceo Osorio; y Vocal, Perucho Figueredo.

En medio  de los trajines conspirativos el apasionado patriota recibió la encomienda de crear la música y la letra  de  La Marsellesa cubana, es decir,  al igual que la Francia heroica  dotar  a  su patria  de un canto  de guerra, que moviera los más sublimes  sentimientos a la redención nacional. 

Una vez creada la pieza, acudió al maestro de la banda de música de Bayamo Manuel Muñoz, quien la instrumentó. Se aprovechó la fiesta del Corpus Christi del 11 de junio de 1868 para darla a conocer públicamente en la Iglesia Parroquial. Era tal el vigor  del canto bélico que  de inmediato  llamó la atención al Teniente  Gobernador de Bayamo, teniente coronel Julián Udaeta, quien hubo de llamar a Perucho, y sin mucha cortesía  le  preguntó qué tipo de música había compuesto pues no parecía de carácter religioso, y si mucho  de subversivo.

Con gran aplomo respondió  a Udaeta  que se veía  a las claras que no era músico, y le  recomendó que no opinara de lo que no sabía. Figueredo mantuvo en firme  que era una liturgia  al Creador, con el  propósito  de mantener  oculto, a como diera lugar,  el  verdadero sentido redentor  del canto.

Cuando el Comité Revolucionario comenzó sus trabajos, trataron de extender estos al resto de la isla. Se dispuso que Perucho Figueredo viajara a La Habana dada las relaciones que allí tenía. Efectivamente, contactó con el grupo de Miguel de Aldama y José Morales Lemus, los que atrapados por las pinzas del anexionismo, negaron por el momento toda ayuda a los bayameses. El Gallito Bayamés regresó con un inmenso disgusto en el alma, pero dispuesto a seguir adelante costase lo que costase.

Los trabajos revolucionarios pronto se extendieron por todo Oriente y Camagüey, y el 3 de agosto de 1868 se reunieron en San Miguel de Rompe, Las Tunas, los representantes de los diferentes comités patrióticos. Esta junta la presidió Carlos M. de Céspedes por ser el de mayor edad. Los acuerdos fueron avanzados pues fijaron la fecha del 3 de septiembre para el alzamiento.

El 10 de octubre de ese mismo año, Figueredo recibió aviso de Céspedes, y se alzó en el ingenio Las Mangas tres días después al frente de 500 hombres. Alarmado, el Gobernador Militar Udaeta, nombró una comisión de bayameses que debía avistarse con los sublevados. La comisión se dirigió primero a Francisco Maceo Osorio que se encontraba en El Dátil. Maceo Osorio se niega a entrar en relaciones y manifiesta que acataría lo que Donato resolviera y Mármol a la vez se excusa, exponiendo que Perucho era el jefe superior y que a él competía la resolución de aquella delicada proposición. La comisión desde el campamento de Mármol, pasó al de Figueredo que se encontraba en Las Mangas. Los enviados se presentaron ante él y dieron cuenta de sus pasos y de las manifestaciones de aquellos jefes, ante los cuales habían acudido. A lo que contesta Figueredo: “¡Yo me uniré  a Céspedes y con él marcharé a la gloria o el cadalso!”. La comisión bruscamente se separó, resuelta a coadyuvar al movimiento, uniéndose a la Revolución.

El día15, marchó a unirse a Céspedes, que se encontraba en el poblado de Barrancas, con quien discutió el ataque a la ciudad de Bayamo. El jefe de la Revolución le confirió el grado de teniente general y lo nombró en la jefatura del Estado Mayor General. A las fuerzas de Figueredo correspondió el ataque a cuartel de infantería, donde se había refugiado el gobernador Udaeta.

Un testigo presencial ha dicho: “Bayamo cayó en poder de la Revolución el 20 de octubre a las diez de la mañana, cuando las campanas tocaban a vuelo, cuando vitoreaba la multitud ebria de gozo, y los colores de la libertad sin orden, sin concierto aparecían en todos los balcones, en todas las casas, cuando toda la ciudad entusiasmada anunció el triunfo de las armas de la Revolución apareció rodeado por la multitud, en el centro de la Plaza de la Iglesia, erguido sobre su jadeante caballo, que arrojaba sangre por los ijares y espuma por la boca, un hombre quemado por el sol, desconocido por el polvo, que sombreo en mano gritaba: “!Bayameses, Viva Cuba!” y en medio del frenesí que enloquecía a aquel pueblo, en medio de las lágrimas y la alegría, rompe la orquesta los aires con los dulces acordes del himno La Bayamesa.

Enseguida, Pedro rasga una hoja y escribió la letra de La Bayamesa. El pueblo hizo coro, la cuartilla de papel corrió de mano en mano y el mismo Figueredo ordenó la marcha que al son de la música recorría las calles y entusiasta exclamaba: “Que morir por la patria es vivir”. Esta composición devino el Himno Nacional de Cuba. El 27 de octubre de 1868 en el periódico El Cubano Libre se publicó las estrofas auténticas de la marcha con la autorización autógrafa de su autor, porque anteriormente se había editado con algunas incorrecciones.

En las deliberaciones para quemar a Bayamo resultaron decisivas las opiniones de Figueredo, quien presidió la junta que aprueba la violenta medida. En la mañana del 12 de enero pronunció una arenga a sus conciudadanos acerca de la importancia de incendiarlo todo antes que entregarla nuevamente a los españoles. Personalmente incendia su mansión y ampara a su familia en las sierras de Bueycito.

Cuando se organizó en Guáimaro el Gobierno de la Revolución, el 11 de abril de 1869, Figueredo fue nombrado subsecretario de la Guerra, con el grado de mayor general. El 18 de diciembre de ese mismo año renunció a su puesto por estar en desacuerdo con la destitución del General en Jefe Manuel de Quesada, y aunque Céspedes no la aceptó, realmente se desatendió de sus obligaciones.

El 18 de junio de 1870 la familia de Figueredo fue asaltada en el campamento de El Mijial. A pesar de estar enfermo de tifus hizo una larga jornada hasta Santa Rosa, en la zona de Jobabo, a donde la misma se había trasladado. Estaba muy enfermo y prácticamente no podía caminar.

El 10 de agosto ante su gravedad, el soldado Luis Tamayo salió en busca de recursos, pero hecho prisionero por una guerrilla al mando del coronel español Francisco Cañizal hubo de delatar el refugio de la familia Figueredo. El asalto no se hizo esperar, siendo hecho prisioneros, junto con el brigadier Rodrigo y el Capitán Ignacio Tamayo, padre e hijo.

En el cañonero Astuto fueron llevados para Santiago de Cuba, donde rápidamente se constituyó el tribunal que habría de juzgarlos, presidido por el coronel Francisco Terrero. Figuraba como fiscal el teniente Vallejo, el que pidió fuesen pasados por las armas. A la primera pregunta Perucho contestó serenamente: “Abreviemos esto, coronel. Soy abogado y como tal conozco las leyes y sé la pena que me corresponde; pero no por eso crean ustedes que triunfarán, pues la isla está perdida para España.”

Y luego agregó: “El derramamiento de sangre que hacen ustedes es inútil, y ya es hora de que conozcan su error. Con mi muerte nada se pierde, pues estoy seguro de que a esta fecha mi puesto estará ocupado por otra persona de más capacidad; y si siento mi muerte es tan sólo por no poder gozar con mis hermanos la gloriosa obra de la redención que había imaginado y que se encuentra ya en sus comienzos”.

La sentencia fue rápida: por el delito de infidencia Perucho, Rodrigo e Ignacio fueron condenados a muerte. La mortal medida fue cumplida el 17 de agosto de 1870 a las siete y treinta de la mañana en los muros del matadero de Santiago de Cuba. De sus labios brotó una corajuda expresión: “Morir por la patria es vivir”.

 
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Pedro Figueredo: Adalid de la Cultura

Ludín B. Fonseca García

 

Al invocar a Pedro Figueredo Cisneros nos viene a la mente –a 145 años de su fusilamiento– su imagen sentado sobre la montura de su caballo, escribiendo las notas de La Bayamesa, Himno patriótico cubano, devenido en Himno Nacional, el 20 de octubre de 1868, en la plaza de la Parroquial Mayor de Bayamo, y rodeado de una multitud enardecida.

Su accionar rebasó ese episodio por una formación amplia y profunda, y este Himno es su obra cumbre, sería el principal intelectual de la generación que inició el proceso independentista. Vivió una etapa prolífica en pensadores y logró descollar.

Esta formación se completó durante las estadías en espacios foráneos, primero en La Habana y posteriormente en España. La alcanzada en Bayamo durante sus años mozos fue escasa, demostrativa del sistema educativo imperante, aun cuando se trataba de un miembro de la elite. Partió de la villa muy joven, tenía 15 años.

Estudió en el colegio Carraguao, donde se nucleaban importantes intelectuales, lo cual le exigió una elevada preparación, al poco tiempo lo llamaban El Gallito Bayamés, distinción alcanzada como polemista. Sus dotes se desarrollaban vertiginosamente.

En 1842 regresa a Bayamo desde Europa, y de inmediato despliega su liderazgo, aspiración del padre cuando lo envió a estudiar al exterior. Labora en la fundación de la Sociedad La Filarmónica, escribe artículos que publica en la prensa interna y foránea, monta obras de teatro.

Su imagen de hombre ilustrado se esparce por la ciudad y sus contornos. Por imponderable se traslada a La Habana en la década de los 50, Siglo XIX, con la familia que había creado, divulga crónicas sobre su región natal y adquiere en copropiedad con José Quintín Suzarte y Domingo Guillermo de Arozarena el periódico El Correo de la Tarde; colabora activamente en La Piragua.

Las letras de los himnos nacionales de varios países han sido modernizadas, porque dejaron de representar la identidad. El Himno patriótico cubano compuesto por Pedro Figueredo ha sobrevivido a diferentes regímenes sociales, diversas situaciones históricas e innumerables generaciones, porque es una obra cultural acabada.

La marcha está sedimentada en la sabiduría y en un proceso largo de maduración; contrario a lo recogido por la historiografía, no será escrita a plumazo, en pocas horas, en una noche, o en medio de una multitud enardecedora y estentórea. Su autor debió emborronar muchas cuartillas antes de entregar la versión definitiva a Manuel Muñoz para que la musicalizara; sus esbozos quizás datan desde antes de agosto de 1867.

La letra de esta marcha jamás fue modificada por su autor; había quedado satisfecho. Ya capturado por las tropas españolas, y ante una muerte inminente, conocía que su obra estaba consagrada, porque había sido aceptada por todos los cubanos. Pedro Figueredo en el Himno patriótico cubano sobrepasaba los estrechos márgenes del localismo y regionalismo presentes en la centuria decimonona en Cuba, a pesar de ser un llamado a los bayameses.

Será, de los tres símbolos patrios, asimilado sin discusión, los dos restantes –la Bandera y el Escudo– provocarán discusiones y discrepancias, en Guáimaro en 1869. Su reconocimiento constitucional ocurrirá 70 años después, en la Asamblea Constituyente de 1940.

Pedro Figueredo Cisneros fue un hombre de cultura universal, la cual demostró en diversos momentos, incluso cuando iba a ser conducido al cadalso. En ese instante le resultaba imposible caminar y pidió un coche para dirigirse al lugar de ejecución. Ante esta solicitud sus verdugos se mofaron y señalaron que le traerían un asno; imponente y lacónico, respondió, que no sería el primer redentor que lo haría, poco después fue fusilado

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Boletín Acento . Oficina del Historiador
Bayamo M.N., Cuba. 2015
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